Nunca estamos a las afueras de Dios.
Dios siempre es presencia originante, envolvente, guía,
pero lo es en su propia forma: entregado e indisponible,
fiel y discreto, de forma que solo la atención permite reconocer,
de cuando en cuando, su mirada personal sobre nosotros.
Pero, incluso en estos casos, vamos siempre a tientas
y nuestra atención, nuestra oración, nunca puede reducirlo
a palabras, a ideas, a sentimientos, aunque sin ellos,
¿cómo nos dejaríamos abrazar por él?
Estas oraciones son indicios de estos fugaces encuentros
entre su presencia y mi atención que, ahora impresas,
valen en la medida que a alguno le aviven la suya.





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