El que piense que la oración individual y comunitaria de los cristianos necesita renovarse por dentro en sus contenidos se interroga: ¿Cuál es la característica específica de la oración cristiana? ¿Por qué un largo grupo de cristianos siente un malestar o un vacío ante ciertas prácticas de oración? ¿La oración de petición tiene fundamento bíblico? ¿Es correcto quejarse de que Dios no atiende la oración? ¿Cómo decir a Dios «Padre nuestro» en una sociedad que necesita de padres (no de progenitor A y de progenitor B) y es dirigida por fuerzas impersonales (el imperio diabólico de la comercialización de las armas bélicas, las fake news o noticias construidas y manipuladas al servicio de intereses maléficos, la dictadura de los mercados sin rostro…), como es la de hoy? ¿Qué conexión existe entre el «pedid» y el «recibiréis» de Jesús? ¿Cómo se puede armonizar la eficacia de la oración garantizada por Jesús con la general insatisfacción de los orantes cristianos que no ven su oración atendida? ¿Cuál el provecho de la oración cristiana en la solución de los pequeños o grandes problemas diarios?
Las respuestas a estas preguntas complicadas son mati-zadas. Pero pasan necesariamente por la renovación de la oración cristiana, que se verifica en la comprensión del lenguaje y de la esencia de la oración que Jesús realizó y enseñó. Inestimable renovación sería la que inspirara de verdad a los no creyentes a encontrar sentido a la oración y a la vida. Ella nos saca de nuestro espacio limitado hacia el horizonte inmenso de la existencia, campo polar de perspectivas nuevas; a veces nos ayuda a pasar el cabo de las tormentas: «Simón, Simón, yo he pedido por ti para que tu fe no desfallezca (Lc 22,32). Por encima de todo, la oración nos eleva por encima de nosotros mismos y nos permite volver a la existencia real.






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